Hay piezas que guardan en su reducida escala la inmensidad de todo un territorio. Casa del pueblo, del artista oaxaqueño Uliher Morales, es una estampa íntima que no solo retrata un paisaje: evoca el refugio, la raíz y la memoria viva del campo.
Enmarcada en un formato breve de apenas 8 por 9 centímetros, la obra abre una ventana hacia la serenidad rural. En el corazón de la composición se alza una vivienda tradicional de trazos firmes, con techo a dos aguas y paredes de madera que parecen resonar con el crujir del tiempo. A su alrededor, la textura de la xilografía modela el terreno en surcos concéntricos, simulando la tierra arada y dispuesta para la vida, bajo la sombra protectora de las montañas que se perfilan silenciosas en el horizonte.
El elemento que detiene la mirada y enciende la escena es el maguey que brota en primer plano. Pintado a mano con un acento verde vibrante, este destello orgánico rompe la monocromía del grabado en negro y hace que la obra respire. El maguey —símbolo ancestral de abundancia, resistencia y sustento en la cultura oaxaqueña— se erige como el guardián de la casa, recordando la estrecha relación entre la comunidad y la naturaleza que la alimenta.
Estampada sobre la calidez textil de la manta de algodón, la tinta negra penetra las fibras con la misma honestidad con la que el artista rinde homenaje al cotidiano de su tierra. Casa del pueblo es un poema visual escrito en madera y tela; una pieza que celebra la dignidad de la vida sencilla, el arraigo a la tierra madre y esa certeza entrañable de que el verdadero hogar siempre está donde florece la raíz.
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